07/17/2026
Del muro del escritor guatemalteco Adelmo Bámaca.
🇬🇹 «Los ojos de los enterrados se cerrarán juntos el día de la justicia o no se cerrarán».
/Todo ciudadano, nacional o extranjero, posee el derecho y la libertad de pronunciarse sobre la repatriación de los restos del Nobel de Literatura, Miguel Ángel Asturias, a su patria, Guatemala. Cualquier postura será respetable, siempre y cuando revista de fundamentos y argumentos. Después de todo, la vida y obra de Asturias no son feudo ni patrimonio exclusivo de una sola nación; constituyen un legado cultural e intangible de la humanidad. Como ciudadano universal, su firma habita ya en el canon de las letras universales.
Pretender repatriar los restos de Miguel Ángel Asturias no es un acto de justicia poética; es una profunda torpeza política y un ejercicio de oportunismo institucional. Al exhumar al Nobel del cementerio de Père-Lachaise, el Estado no salda una deuda histórica, sino que desmantela un símbolo geopolítico universal para instrumentalizarlo como cortina de humo sobre la cruda realidad de la Guatemala del siglo XXI. A la fecha, decenas de exiliados, perseguidos y criminalizados —víctimas de flagrantes injusticias y líderes indígenas que defendieron una frágil democracia— siguen procesados y encarcelados bajo la misma lógica de cooptación y control de las cortes que el propio Asturias desnudó en El señor presidente. Celebrar el retorno de sus cenizas en este ecosistema de asfixia judicial y de justicia de alcantarilla no es un homenaje: es una simulación estética que busca maquillar la debilidad del Estado frente a poderes fácticos, mezquinos y perversos.
Asimismo, desplazar a Asturias de la capital francesa implica un severo repliegue cultural. En el mismo perímetro donde descansa el autor en Père-Lachaise, habitan gigantes de la creación humana como Oscar Wilde, Honoré de Balzac, Marcel Proust o Frédéric Chopin. Asturias se erige ahí como un faro de las letras guatemaltecas en el corazón de Europa; que su tumba esté coronada por la Estela 14 de El Ceibal en el cementerio más visitado del mundo es la punta del iceberg de la herencia maya ante los ojos del planeta. Su permanencia en París no solo es un testimonio físico de su destierro, sino un recordatorio perenne del flagelo, la barbarie y las dictaduras que han azotado a nuestra América Latina. Esa tumba en el extranjero le recuerda activamente al mundo que Guatemala persiguió, censuró y despojó de su nacionalidad a su máximo exponente de las letras. Cabe añadir que el mantenimiento y la seguridad de ese espacio están garantizados a perpetuidad por el Estado francés, realidad que contrasta drásticamente con la inestabilidad institucional, el abandono presupuestario y el descuido crónico que sufren los recintos culturales en suelo guatemalteco.
Las causas estructurales que originaron la guerra interna y que nutrieron la narrativa asturiana —el despojo de tierras, el racismo y la exclusión denunciados en su Trilogía bananera— permanecen intactas. Retornar al escritor a una nación cuyas instituciones están capturadas por redes de corrupción es una imprudencia que violenta su propio legado estético. En Los ojos de los enterrados, Asturias inmortalizó la certeza de que los mu***os de la patria no cerrarán las pupilas sino hasta el día de la justicia y la liberación plena. Sepultar de forma prematura al Nobel en la Guatemala de hoy es condenarlo a un descanso imposible: es sepultarlo a la fuerza en la penumbra de un país que todavía lo obliga a mantener los ojos abiertos, vigilantes y esperando el fin de la noche.
[Asturias: Obligado a mantener los ojos abiertos, Adelmo Bámaca]
📷 Alejandro Barrón