14/08/2026
50 días después.
50 días de espera.
50 días de angustia.
50 días aferrándonos a la esperanza de que, detrás de los escombros, todavía hubiera alguien respirando, resistiendo, esperando ser encontrado.
Hoy mis amigos están mu***os.
Mu***os e irreconocibles.
Y no puedo aceptar que todo termine con un silencio, con una cifra más, con un nombre más en una lista.
Porque muchos pudieron haberse salvado.
Muchos pudieron haber aguantado días más, aferrados a esas últimas ganas de vivir.
Muchos estuvieron ahí dentro.
Muchos gritaron.
Muchos pidieron auxilio.
Muchos esperaron que alguien llegara.
Pero no fueron escuchados.
No llegaron a tiempo.
No tuvieron la ayuda que necesitaban.
Los escombros terminaron colapsando sobre ellos, y con ellos se fueron sus últimos pedazos de esperanza.
Y hoy estamos nosotros: los que quedamos, intentando entender cómo se sigue viviendo después de esto.
Estamos rotos.
Rotos por la pérdida.
Rotos por la impotencia.
Rotos por la rabia de pensar que quizá algunas de esas vidas pudieron salvarse.
No quiero que nadie me diga que debo olvidar.
No quiero que me pidan silencio.
No quiero que conviertan a nuestros mu***os en estadísticas.
Quiero justicia.
Quiero respuestas.
Quiero que alguien responda por cada vida que pudo haberse salvado.
Porque cuando un ser humano pide auxilio desde debajo de los escombros, no está pidiendo un favor. Está pidiendo que lo salven.
Y cuando un gobierno abandona a su gente en el momento en que más necesita ayuda, tiene que responder ante su pueblo y ante la historia.
Mis amigos no son números.
Tenían nombres.
Tenían familias.
Tenían sueños.
Tenían una vida.
Y nosotros no vamos a olvidar.
50 días después, seguimos llorando.
Pero también seguimos preguntando:
¿cuántos pudieron salvarse y no fueron salvados?
Que nuestra rabia no sea olvidada.
Que nuestra memoria no sea enterrada con ellos.
Y que sus nombres pesen más que cualquier silencio.