15/12/2025
Todos conocemos Star Wars, pero casi nadie sabe que el imperio galáctico existe gracias a una mujer que medía apenas un metro veinte.
Leyendo encontré la historia de Judy-Lynn del Rey, una mujer que medía tan solo 1,20 metros debido a su acondroplasia, pero esto no la detuvo para ser la figura más imponente en la historia de la ciencia ficción.
Judy creció en Nueva York leyendo historias de ciencia ficción en bibliotecas públicas, en una época donde se consideraba "literatura basura" para adolescentes. Pero ella no veía basura, veía el futuro de los libros y la narración. En 1960 comenzó como asistente desde lo más bajo en la revista Galaxy, y en solo cuatro años ya dirigía el lugar. Sin embargo, su verdadera revolución comenzó cuando llegó a la editorial Ballantine Books en 1973.
Su primer movimiento fue una declaración de guerra ética al cancelar los contratos de John Norman, un autor superventas cuyas novelas eran notoriamente misóginas. A Judy no le importaba el dinero fácil si el contenido era basura. Ella quería oro. Y encontró ese oro en 1976, cuando nadie más lo veía.
De repente, le ofrecieron los derechos de una extraña película espacial de un director joven llamado George Lucas. Los ejecutivos de Hollywood creían que sería un fracaso y la mayoría de los editores pasaron de largo. Pero Judy-Lynn, con un instinto sobrenatural, dijo que sí y llevó la novelización de Star Wars a vender 4,5 millones de copias antes de que la película se estrenara en los cines.
Con ese éxito fundó Del Rey Books. Mientras sus competidores la llamaban con envidia "Death-Rey" porque aplastaba a la competencia, ella redefinió el género de ciencia ficción y rescató del olvido La Princesa Prometida, convirtiendo a Terry Brooks en una estrella y logrando que El Dragón Blanco de Anne McCaffrey fuera la primera novela de ciencia ficción en alcanzar el número uno del New York Times.
Philip K. Dick dijo que era "la mejor editora desde los tiempos de Hemingway" y Arthur C. Clarke la llamaba "brillante". Pero la élite de la industria, dominada por hombres que la miraban por encima del hombro, nunca le dio el reconocimiento oficial que merecía.
La tragedia golpeó en 1985. Judy-Lynn sufrió una hemorragia cerebral y falleció meses después, a los 42 años. Solo entonces, el comité de los prestigiosos Premios Hugo votó para darle el galardón a la Mejor Editora. Fue un momento agridulce que pasó a la historia. Su esposo y socio, Lester del Rey, subió al escenario y rechazó el premio. Dijo que Judy no lo habría querido, porque se lo daban por lástima y porque llegaba demasiado tarde.
Tenía razón. Ella no necesitaba un trofeo póstumo para validar lo que ya había logrado: transformar un género de nicho en una fuerza cultural masiva, todo ello siendo una mujer con discapacidad en un mundo de gigantes que nunca la vieron venir.
Me base en la historia de Ballantine/Del Rey Books y Archivos de los Premios Hugo (1986).