17/05/2026
Dos caminos para la arboricultura urbana
Imaginemos por un momento que tenemos dos caminos frente a nosotros.
Dos formas distintas de entender la arboricultura urbana.
Dos decisiones que, aunque hoy parezcan pequeñas, pueden desencadenar consecuencias muy diferentes en el futuro de nuestras ciudades.
El primer camino es seguir haciendo las cosas como siempre se han hecho.
Crear leyes que no atacan el problema de fondo.
Prohibir sembrar árboles de más de cinco metros debajo de las líneas eléctricas, pero no hablar seriamente de la subterranización progresiva del cableado.
Seguir viendo al árbol como un obstáculo para la infraestructura, en lugar de entender que muchas veces es la infraestructura la que fue mal planificada alrededor del árbol.
Seguir promoviendo convenios institucionales donde se prioriza la rapidez, el trámite fácil o la capacidad económica, pero no necesariamente el conocimiento técnico en arboricultura.
Y si seguimos por ese camino, hay que decirlo con claridad:
No podemos esperar resultados diferentes.
Porque si nada cambia en la forma en que planificamos, contratamos, sembramos y gestionamos los árboles urbanos, el futuro será muy parecido al presente.
Más podas de despeje.
Más cortes severos.
Más árboles debilitados.
Más conflictos entre ramas, cables, aceras, calles y edificios.
Más pérdida de sombra.
Más deterioro del bosque urbano.
Y, poco a poco, una arboricultura nacional cada vez más limitada, más reactiva y más dependiente de soluciones rápidas.
Porque cuando la prioridad es únicamente resolver el problema inmediato, el árbol casi siempre termina pagando el costo.
Pero ahora imaginemos otro camino.
Uno más complejo, sí.
Uno que requiere más planificación, más coordinación y más voluntad política.
Pero también uno con mucho más futuro.
¿Qué pasaría si en lugar de pensar solo en la próxima poda, pensáramos en los próximos 5, 15, 20 o 50 años?
¿Qué pasaría si las ciudades empezaran a planificar sus redes eléctricas, sus aceras, sus carreteras y sus espacios públicos pensando también en árboles grandes, sanos y seguros?
¿Qué pasaría si el país avanzara hacia la subterranización progresiva del cableado en zonas urbanas estratégicas?
¿Qué pasaría si las nuevas leyes no solo limitaran dónde sembrar, sino que obligaran a dejar espacio real para que los árboles puedan crecer?
Espacio para raíces.
Espacio para copa.
Espacio para sombra.
Espacio para vida.
Imaginemos cantones con grandes parques urbanos.
No solo La Sabana en San José.
También San Rafael de Heredia.
Desamparados.
Alajuela.
Hatillo.
Y muchos otros distritos y comunidades con sus propios pulmones verdes.
Parques amplios, arbolados, bien diseñados, donde las personas puedan caminar, descansar, respirar mejor y convivir con la naturaleza dentro de la ciudad.
Pero para lograr eso no basta con sembrar árboles.
Necesitamos conocimiento.
Necesitamos que las universidades, los colegios técnicos, las municipalidades, las instituciones públicas y el sector privado se involucren seriamente en estudiar cómo producir mejores árboles, cómo plantarlos correctamente, cómo trasplantarlos, cómo manejar sus raíces, cómo seleccionar especies adecuadas y cómo darles mantenimiento durante toda su vida.
Necesitamos manuales claros.
Protocolos técnicos.
Inventarios.
Planes de manejo.
Empresas capacitadas.
Trabajadores formados.
Y decisiones basadas en ciencia, no solo en ocurrencias o emergencias.
Porque cuando hay más árboles bien planificados, también hay más trabajo.
Se necesitan viveros de mejor calidad.
Se necesitan personas que planten correctamente.
Se necesitan arboristas.
Treadores.
Técnicos en poda.
Especialistas en riesgo.
Personas capacitadas en inventarios, suelos, raíces, riego, trasplantes y mantenimiento.
Y ahí aparece una gran oportunidad para el país:
Convertir parte del trabajo informal en empleo verde formal.
Personas que hoy trabajan sin seguro, sin capacitación y sin protección podrían integrarse a una economía más técnica, más segura y más justa.
Eso significa más trabajadores asegurados.
Más aportes a la Caja Costarricense de Seguro Social.
Más pólizas del INS.
Más recaudación fiscal.
Más empresas responsables.
Y una arboricultura urbana que no solo embellece las ciudades, sino que también genera desarrollo económico y social.
Por eso este tema no se trata únicamente de árboles.
Se trata de qué tipo de ciudad queremos construir.
Una ciudad que sigue cortando árboles porque nunca resolvió sus problemas de planificación.
O una ciudad que entiende que los árboles grandes, bien ubicados y bien manejados, son infraestructura viva.
Infraestructura que da sombra.
Reduce el calor.
Mejora la salud mental.
Captura carbono.
Disminuye escorrentías.
Aumenta la plusvalía.
Embellece los barrios.
Y mejora la calidad de vida.
La pregunta es simple:
¿Queremos seguir resolviendo el futuro con las mismas recetas del pasado?
¿O queremos atrevernos a planificar una arboricultura urbana moderna, técnica y verdaderamente integrada al desarrollo del país?
Porque no podemos esperar ciudades diferentes si seguimos tomando las mismas decisiones.
Y si hoy no dejamos espacio para los árboles grandes, mañana tampoco tendremos ciudades grandes en calidad de vida.
La arboricultura urbana no debe verse como un obstáculo para el desarrollo.
Debe verse como parte esencial del desarrollo.
Porque una ciudad que planifica sus árboles, también planifica mejor su futuro.