28/11/2025
“El Camino Chueco y las Ideas Más Chuecas Aún”
Don Lucho —el caballero de la polera a rayas, vendedor de repuestos usados, experto en arreglar lo que nadie quiere arreglar— caminaba por la vereda que, igual que su vida, estaba medio hundida, medio levantada, pero avanzaba igual.
Detrás de él venían el Fabi y el Toño, dos compadres del barrio, obreros de oficio, maestros en pegarse en los dedos con el ma****lo y en opinar con seguridad de temas que jamás habían googleado. Los dos con poleras azules, como si se hubieran puesto de acuerdo para formar un team del desconcierto político nacional.
Don Lucho los escuchaba murmurar, y cada frase era como una patada en la dignidad colectiva.
—“Hermano, yo creo que la derecha es la que salvará este país…” decía el Fabi.
—“Sí po’, si esos gallos saben mandar. Mano dura hace falta.” respondía el Toño, inflando el pecho como si estuviera defendiendo un doctorado en “opinología aplicada”.
Don Lucho no sabía si reír, llorar o girar en medio de la vereda y gritarles:
“¡¿Cómo cresta creen que los ricos van a salvar a los pobres si jamás les han salvado ni el vuelto del pan?!”
Pero no, respiró profundo. Era temprano todavía para romper amistades.
Mientras caminaba, le vino un torbellino mental digno de teleserie:
¿Cómo puede ser que estos dos, que trabajan más que un aire acondicionado en verano, crean que lo mejor es apoyar a quienes les quieren cortar derechos?
Derechos que él mismo había defendido en su juventud: salud digna, educación accesible, cultura viva… todo lo que hace que un país no sea un mall gigante.
Recordó a su mamá, que le decía:
—“Hijo, a veces la gente se tropieza con su propio pensamiento… y ni cuenta se da.”
Sí, po. Como esa veredita chueca. Así mismo.
Pero lo que de verdad lo dejaba mareado era escuchar cómo el Fabi y el Toño hablaban de “orden”, “mano firme”, “volver a los tiempos de antes”.
Antes.
ANTES.
Ese “antes” que muchos romantizan, pero que Don Lucho recordaba clarito: la dictadura, el miedo, los milicos mandando como si el país fuera Monopoly y ellos tuvieran todos los hoteles rojos.
Y estos dos querían eso.
¡Estos dos que jamás en su vida habían tenido ni para pagar la luz sin facilidades!
¡Estos dos que creían que un gobierno que representa a los dueños de todo ahora sí, mágicamente, se acordaría de ellos!
Don Lucho casi se ríe.
Casi llora.
Pero mejor siguió caminando.
Porque, al final, pensó:
La democracia es como esta vereda: imperfecta, a ratos fea, a ratos incómoda, pero es la única donde todos podemos caminar sin que nadie nos apunte con un fusil para decirnos por dónde ir.
Se detuvo un momento y miró hacia atrás.
Vio al Fabi y al Toño discutiendo animadamente, convencidos de que su opinión era la iluminada.
Don Lucho sonrió con ironía.
“Bueno… algún día entenderán. A veces la gente necesita perderse para cachar cuál era el camino correcto.”
Y siguió avanzando.
Porque aunque el camino estuviera chueco, él prefería avanzar con libertad… antes que caminar derechito bajo la sombra de un autoritarismo.