15/05/2026
Antes de convertirse en la temible Miranda Priestly de El diablo viste a la moda, Meryl Streep ya era considerada una de las actrices más respetadas de Hollywood. Nacida el 22 de junio de 1949 en Summit, Nueva Jersey, su nombre real es Mary Louise Streep. Estudió actuación con rigor académico, primero en Vassar College y después en la Escuela de Arte Dramático de Yale, donde comenzó a construir una disciplina interpretativa que más tarde sería reconocida por su precisión, versatilidad y capacidad para desaparecer dentro de cada personaje.
Su ascenso comenzó en el teatro, pero muy pronto el cine la colocó en una posición privilegiada. A finales de los años setenta llamó la atención con El cazador, y poco después ganó su primer Óscar por Kramer vs. Kramer. En los años siguientes confirmó que no era una actriz de moda, sino una intérprete de largo alcance: La decisión de Sophie, África mía, Los puentes de Madison, La muerte le sienta bien, Las horas y Adaptation fueron ampliando una carrera marcada por personajes distintos entre sí, acentos cuidadosamente trabajados y una intensidad emocional poco común. A lo largo de su trayectoria ha recibido tres premios Óscar y más de veinte nominaciones de la Academia, una cifra que la coloca entre las actrices más nominadas de la historia.
Cuando llegó El diablo viste a la moda en 2006, Streep no necesitaba demostrar nada. Precisamente por eso su elección fue decisiva. La película, dirigida por David Frankel y basada en la novela de Lauren Weisberger, cuenta la historia de Andy Sachs, una joven periodista interpretada por Anne Hathaway que entra a trabajar como asistente de Miranda Priestly, poderosa editora de una revista de moda llamada Runway. El proyecto fue adquirido por 20th Century Fox desde 2003, pero no terminó de tomar fuerza hasta que Meryl Streep aceptó interpretar a Miranda.
El personaje tenía un riesgo evidente: podía caer en la caricatura de la jefa cruel. Pero Streep lo transformó en algo mucho más complejo. En lugar de gritar o exagerar, construyó a Miranda desde la contención: voz baja, mirada fría, silencios calculados y una autoridad que no necesitaba levantar el tono para dominar una habitación. Esa decisión hizo que el personaje resultara más intimidante y, al mismo tiempo, más fascinante.
Aunque durante años se ha dicho que Miranda Priestly estuvo inspirada en Anna Wintour, editora de Vogue, Streep no se limitó a imitarla. Tomó elementos del mundo editorial y de figuras de poder, pero creó una mujer con identidad propia: exigente, brillante, implacable y consciente de que en una industria dirigida por apariencias, el poder también se viste, se mide y se administra.
La película fue un éxito comercial y cultural. Recaudó más de 326 millones de dólares a nivel mundial y la actuación de Streep fue una de las grandes razones de su permanencia en la memoria colectiva. Por este papel ganó el Globo de Oro a Mejor Actriz en Comedia o Musical y recibió nominaciones al Óscar, BAFTA, SAG y Critics’ Choice.
Lo interesante es que El diablo viste a la moda no solo renovó su popularidad entre nuevas generaciones; también confirmó su inteligencia para elegir personajes que dialogaban con su época. Miranda Priestly no era simplemente “la villana” de una película sobre moda. Era una figura que exponía la presión laboral, el precio del éxito, la dureza de las jerarquías profesionales y el doble rasero con el que muchas veces se juzga a las mujeres poderosas.
Con el paso de los años, Miranda Priestly se convirtió en uno de los personajes más icónicos de Meryl Streep. No porque fuera amable, sino porque resultaba inolvidable. Streep logró que cada gesto pareciera una sentencia y que cada silencio pesara más que un discurso. Así llegó a El diablo viste a la moda: no como una actriz buscando otro éxito, sino como una maestra del oficio capaz de convertir un papel secundario en el centro absoluto de una película.