27/05/2026
En la clínica, muchas personas hablan del dolor por los amigos que quedaron en el país de origen: las amistades de años, las redes espontáneas, los vínculos que no necesitaban explicación. Y ese duelo merece ser nombrado.
Pero poco se habla de algo igual de importante: LOS AMIGOS QUE NACEN EN LA MIGRACIÓN .
Esos vínculos que, muchas veces, terminan convirtiéndose en una especie de “familia internacional”.
Personas que aparecen en un contexto de desarraigo, de adaptación y de reconstrucción subjetiva. Vínculos atravesados por experiencias compartidas, por idiomas, nostalgias, diferencias culturales y también por la necesidad humana de pertenecer.
Sin embargo, construir estas amistades no siempre es sencillo.
En ocasiones se ponen en juego prejuicios, temores o mecanismos de defensa que dificultan el encuentro.
Otras veces aparece el miedo a una nueva pérdida: “¿y si me vuelvo a ir?”, “¿y si se van?”, “¿vale la pena involucrarme afectivamente otra vez?”.
Algunas amistades en la migración se sienten inmediatas, profundas, casi como si conocieras al otro de toda la vida.
Otras necesitan tiempo, trabajo y disponibilidad emocional para construirse.
Y quizás ahí esté una de las preguntas más importantes:
¿Nos permitimos reconocer el valor de estos nuevos vínculos?
¿Podemos aceptar que estos amigos también ocupan un lugar significativo en nuestra historia afectiva?
Porque acompañarse en la migración no es un detalle menor.
Las redes sostienen, alojan, ayudan a tramitar el duelo, la identidad y el sentimiento de pertenencia.
Pensar la amistad en la migración también es pensar cómo habitamos la soledad, el miedo, la confianza y la posibilidad de construir hogar en otros.
¿Te has permitido construir esos vínculos?
¿Hay amistades de la migración que hoy sientes tan importantes como las de “toda la vida”?
Nos gustaría leerte …